
Una rampa que termina frente a una puerta estrecha. Un elevador instalado en un acceso que permanece cerrado. Un baño adaptado al que solo se puede llegar después de subir un peldaño. Las soluciones aisladas son uno de los problemas más frecuentes en proyectos de accesibilidad.
Para empresas, municipios e instituciones, el desafío no consiste únicamente en comprar un equipo. Consiste en asegurar que una persona pueda completar de manera continua el recorrido necesario para utilizar un servicio.
La Ley N.º 20.422 establece que los edificios de uso público, aquellos que prestan servicios a la comunidad y las nuevas edificaciones colectivas deben ser accesibles y utilizables de forma autovalente y sin dificultad por personas con discapacidad, particularmente aquellas con movilidad reducida.
El Decreto Supremo N.º 50 incorporó exigencias de accesibilidad universal a la Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones, mientras el Ministerio de Vivienda y Urbanismo mantiene circulares técnicas para orientar su aplicación.
“Las organizaciones suelen concentrarse en el obstáculo más visible, por ejemplo una escalera. Pero antes de definir una solución hay que revisar el recorrido completo: cómo llega la persona, por dónde ingresa, dónde se atiende, qué servicios utiliza y cómo evacúa”, explica Juan Pablo Astorga, director general de Tecnoaccesible.
De la compra de equipos a la gestión de accesibilidad
Un proyecto bien estructurado comienza con un diagnóstico de barreras. Ese levantamiento permite identificar desniveles, anchos insuficientes, problemas de circulación, ausencia de señalización, dificultades en los accesos y puntos donde se interrumpe la ruta accesible.
A partir de esa información se priorizan intervenciones. Algunas pueden resolverse con cambios operativos o ajustes menores; otras requieren rampas, plataformas, elevadores, salvaescaleras o modificaciones arquitectónicas.
El orden importa. Instalar un equipo sin haber revisado su conexión con el resto del edificio puede generar una inversión que no resuelve completamente la necesidad.
“En proyectos grandes trabajamos con arquitectos, inmobiliarias, municipalidades y equipos técnicos. El mejor resultado se obtiene cuando la accesibilidad se incorpora desde la planificación y no como una corrección posterior”, agrega Astorga.
Un público más amplio de lo que se piensa
La accesibilidad suele asociarse exclusivamente con usuarios de silla de ruedas. Sin embargo, las barreras también afectan a personas mayores, usuarios de bastón o andador, personas con lesiones temporales, familias con coches infantiles y trabajadores que trasladan objetos.
El III Estudio Nacional de la Discapacidad estimó que un 17,6% de la población adulta del país presenta discapacidad. En la Región Metropolitana, la proporción llegó al 19,1%, mientras algunas regiones presentan porcentajes superiores al promedio nacional. A esto se suma el envejecimiento: para 2050, de acuerdo a cifras del INE, el 32,1% de la población podría tener 60 años o más.
Para una empresa, estas cifras representan colaboradores, clientes, proveedores y visitantes. Para un municipio, representan vecinos que necesitan utilizar oficinas, centros deportivos, edificios culturales, servicios de salud y espacios comunitarios.
La accesibilidad también exige mantenimiento
Otro punto que suele quedar fuera de la planificación es la continuidad operacional. Una plataforma o elevador que no recibe mantenimiento puede transformarse nuevamente en una barrera.
Los proyectos deben definir responsables, frecuencia de revisión, disponibilidad de repuestos, capacitación del personal y protocolos para reportar fallas. También se requiere evitar que accesos, rampas o espacios de transferencia sean bloqueados con muebles, vehículos o elementos temporales.
“La accesibilidad no termina el día de la inauguración. Un equipo debe mantenerse operativo y las personas que trabajan en el lugar deben saber cómo utilizarlo. De lo contrario, una inversión técnicamente correcta puede quedar inutilizada”, advierte Juan Pablo Astorga.
La accesibilidad universal no es un producto único ni una lista de elementos que se agregan a un edificio. Es una condición que debe mantenerse a lo largo de todo el recorrido y durante toda la vida útil del proyecto.
Planificarla desde el inicio permite reducir modificaciones, integrar mejor las soluciones y entregar una experiencia más segura para todas las personas
